¿De rotas cadenas?
- TresPuntas
- 17 dic 2019
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 29 mar 2021
El 20 de noviembre se celebra el Día de la Soberanía Nacional en conmemoración de la batalla de la Vuelta de Obligado. La historia oficial recuerda este enfrentamiento desde su dimensión política, esto es, desde las disputadas internacionales entre Estados-nación. Pero antes de las relaciones internacionales, ¿qué vemos, qué nos constituye? ¿Desde dónde nos planteamos el problema de la soberanía como militantes del pueblo?
Hacia 1845, el cauce del Río Paraná ya era considerado una importante vía para el comercio naval. La injerencia extranjera de Francia e Inglaterra, países históricamente enemigos que debutaban como aliados en nuestro territorio, pretendía pacificar las relaciones entre Buenos Aires y la hermana Montevideo. Pero debajo de las buenas intenciones se escondía una motivación estructural de las potencias: la libre circulación de los ríos y el libre comercio con las provincias de Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes. El 20 de noviembre de ese año las tropas porteñas se enfrentaron a una enorme flota anglo-francesa, que finalmente vio truncada su objetivo de insertar sus productos en suelo litoraleño.
La Batalla de Obligado nos fuerza a pensar en los proyectos estratégicos de los bloques de capitales y su lucha por desplegarse. Entonces, ¿qué relaciones sociales se nos explicitan y cuáles se nos velan? Volvamos a nuestra pregunta inicial. Hay una reflexión de Antonio Gramsci que parece crucial al momento de pensar la cuestión de la injerencia extranjera: «¿Es que las relaciones internacionales preceden o siguen (lógicamente) a las relaciones sociales fundamentales?». Es necesario afirmar que, desde una visión materialista, las relaciones objetivas siguen a las relaciones internacionales. ¿A qué nos referimos con lo fundamental?
En el sistema de acumulación capitalista que habitamos, se nos presenta una aparente contradicción. Por un lado: las fronteras y los límites geográficos nos han organizado, limitando nuestra posibilidad como pueblo de construir una fuerza social que rebase esos contenedores en favor de potenciar un proyecto emancipador. Por otro lado: la iniciativa burguesa de expansión y concentración ha potenciado el hecho de que países que mantienen y mantuvieron relaciones internacionales “conflictivas” (¿alguna relación social no lo es?) conformen alianzas para su beneficio.
Este contrapunto es parte constitutiva del sistema social en el que vivimos. Nos autoproclamamos un pueblo soberano al punto de dedicar un día para su celebración y denunciamos a los intereses de bloques foráneos por apropiarse de nuestros recursos naturales, de nuestros territorios, de nuestra vida humana. Pero bajo ningún punto de vista negamos la tozudez del capital por reproducirse y expandir sus relaciones sociales. Ahora bien, ¿será que no reconocemos cuáles son nuestros propios intereses? ¿Tenemos la capacidad de definir cuál es nuestro proyecto?
El ser soberano no puede fortalecerse mirando únicamente la superficie de lo que se nos expresa. Hay que tener en claro lo que buscamos, ahondar a fondo sobre nuestro interés común: luchar descorporativizadamente para potenciar nuestras capacidades creativas en virtud de tejer el futuro que queremos. Solo así la soberanía dejará de ser una efeméride para convertirse en basamento de nuestra vida.

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